6 de abril de 2017

Reflexiones por el mundo


Quise ver el mundo como es y no como lo nombro.
Quise encontrarme de frente con la niña que me habita.

Vine buscando una razón para liquidar el miedo a matar el tiempo mientras se te va la vida, y esa imprudente manía de enjuiciar sin conocer la diferencia.

Y quiero contarte lo que hasta hoy aprendí.

Cumplida nuestra promesa y nuestro afecto, he conocido el amor sin interferencias, y he aprendido a ser más paciente con todo aquello que tengo sin resolver, que ya es bastante.

He tenido que andar muchos kilómetros para darme cuenta de la importancia de agarrarnos a la vida y detenernos cada poco a contemplar este milagro.

Separar las manos y entre ellas dejar el hueco justo para que el presente quepa. Agruparlo todo aquí y ahora, a pesar de que el futuro y el pasado se asomen, una y otra vez, reclamándonos respuestas.

Porque si no aprendes a darle a la vida
espacio y capacidad para que llegue y hable
y te posea las dos manos,
para que pueda acomodarse y te recuerde
que lo que importa está en ese espacio,
justo entre las dos palmas,
renunciarás a su hueco ilimitado,
y obviarás toda su mesura.

A veces me asalta el temor a olvidarlo nuevamente. Y por eso escribo esto. Para recordarme que el mundo no es lo visto, sino todo lo que existe.

Todo el presente en su infinito transcurso.

15 de enero de 2017

Lejos de casa

Comunicar viajando. La idea nos aullaba dentro como cien bocas de lobo en mitad de la noche. 

Hay quien dice que estamos locos porque viajamos por ir, por no seguir el sendero. Por confiar en gente que nunca antes vimos y dejar de lado todo lo familiar y confortable. 

Pero nos gusta el constante desequilibrio. El hecho de que nada sea nuestro excepto lo más esencial. Porque lo cierto es que nada nos es cercano aquí. Nada. 

Nos hemos desenroscado de nuestro propio ego y empezamos a entender quiénes somos. Creo que nunca antes fuimos tan libres.