6 de abril de 2017

Reflexiones por el mundo


Quise ver el mundo como es y no como lo nombro.
Quise encontrarme de frente con la niña que me habita.

Vine buscando una razón para liquidar el miedo a matar el tiempo mientras se te va la vida, y esa imprudente manía de enjuiciar sin conocer la diferencia.

Y quiero contarte lo que hasta hoy aprendí.

Cumplida nuestra promesa y nuestro afecto, he conocido el amor sin interferencias, y he aprendido a ser más paciente con todo aquello que tengo sin resolver, que ya es bastante.

He tenido que andar muchos kilómetros para darme cuenta de la importancia de agarrarnos a la vida y detenernos cada poco a contemplar este milagro.

Separar las manos y entre ellas dejar el hueco justo para que el presente quepa. Agruparlo todo aquí y ahora, a pesar de que el futuro y el pasado se asomen, una y otra vez, reclamándonos respuestas.

Porque si no aprendes a darle a la vida
espacio y capacidad para que llegue y hable
y te posea las dos manos,
para que pueda acomodarse y te recuerde
que lo que importa está en ese espacio,
justo entre las dos palmas,
renunciarás a su hueco ilimitado,
y obviarás toda su mesura.

A veces me asalta el temor a olvidarlo nuevamente. Y por eso escribo esto. Para recordarme que el mundo no es lo visto, sino todo lo que existe.

Todo el presente en su infinito transcurso.

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