25 de octubre de 2009

Noche de estreno

-No sabes con quién estás hablando.- Grita.
El improperio rasga el exquisito susurro que gobierna el hall del hotel, sede de los invitados al festival de cine. La alterada autora del escándalo, ajena al evento cinematográfico y embarazada de cuatro meses, la ha tomado con el director de la película cuando éste le ha preguntado cordialmente si la silla a su lado estaba libre. Pensó que quizás existía una mínima posibilidad de arreglar las cosas, pero los hechos no sucedieron a su manera.

Mientras ella se escabulle entre la multitud, las miradas convergen en el autor de la película. Fuera llueve.
-No se preocupen, era mi ex mujer.- Bromea él para romper la tensión. Todos ríen, especialmente su acompañante, Marion, y la calma cool vuelve a reinar.
Nadie ha dicho que la vida de un director de cine sea fácil, así que deambula por el hall entre celebridades, periodistas y demás caras conocidas. Son gentes de carcajada contagiosa y cierta vocación intrusista. Se pregunta una y otra vez qué hace ella allí, precisamente la noche del estreno. Se pregunta, también, si va armada.

Ella. Fuente perpetua de encandilamiento tanto para sus amigos y admiradores como para sus enemigos. Y resulta que él lo era. Su peor enemigo, quizás. La persona que más despreciaba en este maldito mundo.

Intenta no pensar demasiado en el tema. Se ha librado del jet lag bañándose en el oceano e intuye que la crítica a su nueva película será muy favorable. Pide un whisky solo, enciende un cigarrillo importado y se acerca a Marion para ofrecerle otro. Pasa el tiempo entre conversaciones banales hasta que, llegado el momento, se sienta en la última fila del anfiteatro. Una voz en off anuncia su presencia y un foco poderoso delata su ubicación.

Él devuelve un gesto de gratitud ante la cerrada ovación apenas dos segundos antes de que la bala le atraviese el pecho.

29 de septiembre de 2009

El mal de Occidente

Si he hecho tantos descubrimientos invaluables
es porque he tenido paciencia más que cualquier otro talento

Isaac Newton

Me pregunto por qué, a veces, no preferimos el silencio.
O la quietud de un instante inacabado.

Si la impaciencia engendra el error en todo, si en ocasiones preferimos que nos quiten años de vida a que pasen determinados momentos, ¿por qué no obviamos que nuestro alrededor se llama ruido y que está enfermo de prisa? Somos conscientes de que el éxito inmediato es un cuento para niños y, sin embargo, tenemos prisa por ver, consumir, conocer e intuir. Prisa por existir y llegar a ser, por no perder el tren, por evolucionar, por sentir. Si la rapidez es, como dicen, una virtud que con frecuencia se transforma en vicio, ¿por qué inventamos el tiempo y del tiempo hacemos prisa? Tanta prisa tenemos por descubrir, crecer y hacernos oír, que solemos olvidar lo realmente importante: Vivir.

14 de septiembre de 2009

A media luz

DIARIO DE RORSCHACH
12 de octubre de 1985

"...Y hoy miraré hacia abajo y susurraré: 'No'. Todos ellos tuvieron su oportunidad. Podrían haber seguido los pasos de hombres buenos como mi padre, o el presidente Truman".


Watchmen
Capítulo I



Tenía la voz rota, grave como si retumbara en las paredes del infierno. El humo del cigarrillo flotaba en el ambiente y se diluía entre la tenue luz y su propio rostro.

-¿L0 ves?- Me miró con una sonrisa torcida que entendí a medias.
-Claro.
-¿L0 conoces de algo?
-No.
-¿No te suena de nada?
-No. ¿Por qué?
-Es un asesino sin escrúpulos.
-¿Cómo lo sabes?
-Hace más de treinta años que estoy en el cuerpo.
-¿Y por qué no lo encierras?
-Porque lo he contratado.
-En esta ciudad putrefacta no hay ni un maldito poli sensato.

28 de agosto de 2009

Tiempo

Le explicaron que el tiempo es lineal, que todas las cosas que tienen duración, es decir, todas las cosas, se sitúan en una misma línea. Los calendarios, le dijeron, también son lineales. Y eso de la reencarnación y la eterna rueda cósmica no es más que un cuento. Si no resuelves algo en esta vida, no esperes formar parte de una danza inacabada. Un día nacemos y otro moriremos. Sin más.

Años después se adentró en el corazón de África. Le sorprendió que el día no se dividiera en horas y que el reloj dejase de tener sentido, como la plaga del estrés occidental. Comió cuando tenía hambre y no porque era la hora, vivió al ritmo de la naturaleza y de sus propios acontecimientos. Un día tuvo que hacer un viaje en autobús. A las once de la mañana le dijeron que no entendían lo que significaba 'hora de salida' y, efectivamente, el bus no inició la marcha hasta que no estuvo lleno, a las cuatro de la tarde. Se sorprendió a sí mismo sonriendo. En el bullicio de Barcelona, la espera le habría irritado tanto que, con toda probabilidad, hubiese perdido los papeles entre hojas de reclamaciones.


Fue entonces cuando detestó la idea de someterse a un presente continuo y a la obligación de poner siempre la mirada en el mañana. No quería vivir linealmente ni preguntarse cuál es la mejor formar de llenar el tiempo o de amortizarlo. Tampoco le pareció lógico haber perdido años manipulando instantes para encajar lo que en cada momento había decidido hacer, así que pensó que lo mejor era dejar de sentirse esclavo del presente, de su ritmo ineludible y su cronometría perfecta. Decidió abandonar para siempre la obsesión de construir compartimentos estanco en la evolución de su propia experiencia, y juró evitar aquello de 'un tiempo para cada cosa y cada cosa a su tiempo'. Entendió que la vida se expresa de forma discontinua, que no es homogénea, uniforme, armónica ni equilibrada.

Regresó a casa y asumió de nuevo expectativas y obligaciones, pero dejó de contar las horas y de proyectar su futuro a corto plazo. Vivió, sin más. Y decidió que volvería de la playa cuando los niños estuvieran cansados, y no porque toca.

15 de julio de 2009

Talento

"Puedo contar historias de lujo, cocaína y billetes de los grandes,
pero también de fantasmas que no me dejan dormir"


Creció entre prostitutas, asesinos a sueldo y narcos que trafican con joyas, crack, alcohol y tabaco. La primera vez que vio al padrino, él puso frente a ella una botella de champán, dos copas y una caja metálica con un cortaplumas. Supongo que intuía que la chica tenía talento, y fue entonces cuando conoció las bondades del dinero, que la atraparon para siempre. Hoy es una muñeca sensata, sabe cómo refugiarse en las mansiones en las que Bach suena de fondo y sabe también cómo abrir las carteras de los gordos adinerados. Los tíos listos siempre le dejan a ella la venta de las cosas importantes. Nadie de los de arriba se ha quejado nunca.

Adora los diamantes, miente como nadie y le gusta jugar a lo que sea. Seduce a los imbéciles perfumados y les hace creer que son importantes, pero al final siempre es ella la que se siente poderosa. Finge que hay pasión, bebe, esnifa y se esfuma cuando no hay dinero. Emigra cuando no hay futuro y es incapaz de amar. La última vez que la vi me dijo que discutía mucho con Dios, así que decidió acabar con él y deshacerse del cadáver. Desde entonces habla con libertad de sus historias de lujo, cocaína y billetes de los grandes, pero hay fantasmas que no la dejan dormir.

16 de junio de 2009

Café de noche

El único sitio en el que servían café a esas horas era el hostal de la esquina. Cuatro plantas, tres estrellas, terraza con palmeritas para turistas estresados y cafetera incombustible. Solía ir allí cada noche desde que Lucía me abandonó. Es curioso. Ella nunca dejó de criticar mi adicción a la cafeína y yo nunca dejé de lamentar mi soledad ante la taza imprescindible de café que bebía cada madrugada. No sé cómo no me di cuenta antes de que lo nuestro era imposible.

Hacía un calor asfixiante esa noche, húmedo y denso, como de clima tropical. Apenas había puesto un pie en la entrada cuando Raúl me saludó desde la barra, desde ese lugar discreto, cargado siempre de café recién molido y botellas de ron y brandy. Me senté en uno de los cuatro taburetes que quedaban libres. Dos estaban ocupados por una pareja de alemanes que brindaba constantemente y en el otro había una mujer joven, con elegante sombrero de ala ancha, carmín granate y un único guante negro. Parecía como sacada de una de esas novelas ambientadas en los años veinte que tanto me gustan. Miré el reloj para asegurarme. Sí. Eran las dos menos siete minutos de la madrugada y la señorita misteriosa bebía café solo.

No crucé una palabra con ella. Nunca. Me limité a hacer lo que siempre había hecho; sentarme en la barra del hostal, beber café y regresar a casa. Recé para que ella volviera a la noche siguiente. Y volvió. Me acompañó sin saberlo ante la soledad de mis madrugadas durante cinco días, pero no crucé una palabra con ella. Ni siquiera escuché su voz. Siguió impresionándome con sus sombreros de ala ancha, sus guantes largos y la marca de carmín granate en su taza de café solo, hasta que una noche desapareció para no volver nunca. Llegué al hotel, a la misma hora de siempre, pero ella ya no estaba. Raúl me saludó desde la barra y me apresuré en preguntarle por la joven.

-¿Qué joven?-fue su respuesta.
-La chica que ha estado aquí esta semana. La del sombrero y los guantes. Esa que parecía como sacada de una novela de los años veinte.- Acompañé mi torpe explicación con espontáneos y absurdos movimientos de manos, esforzándome por señalar una y otra vez el taburete que la chica misteriosa había ocupado noches atrás.
-Creo que se está volviendo usted loco.- Raúl me miró extrañado, como esperando una respuesta coherente por mi parte. Tardé unos segundos en reaccionar.
-Es igual. Ponme un café solo.

8 de junio de 2009

La Brasserie Lipp

La anciana con sombrero elige cada día el mismo sitio, un banco de mimbre que ocupa la pared entera del fondo del restaurante. Acaba de almorzar rosbif de ternera con verduras a la brasa y ahora mata el tiempo frente a una taza de café con leche que con toda seguridad tiene que estar ya frío. También lee la prensa con desgana y dormita, a partes iguales. Es su forma habitual de matar el tiempo en Saint-Germain.

La chica llega poco después de las cuatro. Lleva un minivestido blanco, medias negras hasta las rodillas y unas gafas de sol inmensas, el último grito en París. Se sienta sin cruzar las piernas en el mismo banco en el que la anciana lee Le Figaro. Pide una botella de agua mineral sin gas y se da cuenta de que la vieja la mira con desprecio, de forma intermitente. Desea que Paul no se retrase mucho más.

Desde hace tres minutos, el fotógrafo observa sin ser visto a las mujeres mientras bebe un café solo acodado en la barra. 'Dos generaciones, dos mundos', piensa. Toca levemente la cámara con la mano izquierda y con la derecha se lleva la taza a la boca para beber el café de un único trago. Se acerca sigiloso a ellas, como los felinos en actitud de caza, enfoca la imagen, espera unos segundos y dispara. El abismo entre dos generaciones queda inmortalizado para siempre.

La Brasserie Lipp
París, 1969
Henri Cartier-Bresson
O la importancia de captar el instante decisivo