28 de marzo de 2016

Hijos de la guerra

Ahora sé que el infierno 
está en la tierra, 
en el presente,
en el cielo vacío 
de pájaros blancos,
y en las noches heladas
en las que los hombres
se ven obligados 
a abandonar sus casas, 
a circundar el alambre
con las manos desnudas.

Y caen,
     caen,
        caen... 

Hasta encogerse del todo

y asir la mordaza 
bañada en sangre,
y sentir la presión 
del nudo del llanto
en sus gargantas.  

Y sus hijos hambrientos, 

desubicados en el extremo,
ahogados en la playa
u obligados a doblarse,
a ser en otra parte, 
a caminar sobre el polvo 
para alcanzar la nada,
el desamparo, 
el darse la vuelta 
a las puertas del templo.

Ahora sé que infierno
está en el despacho
del hombre del lobby,
que cada lunes
le saca brillo a su misil,
esforzándose 
por aventar las cenizas
de las ilusiones ajenas,
o por hacer llover la metralla 
sobre el cielo,
que ya no es cielo
ni es nada.